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Hobbies de la Gen Z

Hay algo paradójico en cómo la generación que más tiempo pasa frente a una pantalla está protagonizando el regreso de los hobbies más alejados de cualquier tecnología. Tejer, hacer cerámica, bordar, cuidar plantas. Actividades que en otro momento se asociaron a tiempos más lentos, a generaciones anteriores, a la paciencia como valor cotidiano. Hoy son tendencia, y no de manera marginal.

Según datos de Eventbrite publicados en 2025, las búsquedas de actividades clasificadas bajo el rótulo «Granny Core» —círculos de tejido, talleres de bordado, noches de mahjong— crecieron a tres dígitos en las principales ciudades de Estados Unidos. Las búsquedas de mahjong en la plataforma subieron un 365%. El contenido de #needlepoint en TikTok creció un 400% durante 2024. Pinterest reportó que las búsquedas de estéticas asociadas al hogar de la abuela se multiplicaron aproximadamente 26 veces. Un estudio de Mintel sobre 2.000 adultos estadounidenses encontró que el 71% participó en al menos un proyecto de manualidades durante 2024, y que entre los menores de 30 años, el 86% se considera creativo con las manos.

 

Estos números no describen una moda de nicho. Describen un movimiento que tiene causas concretas.

Crecer en un entorno 100% digital también tiene un costo. La hiperconectividad genera ansiedad, distracción y un tipo particular de fatiga que no siempre tiene nombre fácil pero que muchos reconocen: la sensación de haber pasado horas mirando contenido sin haber hecho nada. El 73% de la Generación Z reporta agotamiento digital, según los mismos datos de Eventbrite. No es un dato menor viniendo de la generación que más nativamente habita las plataformas. Es precisamente porque crecieron completamente inmersos en lo digital que desarrollaron antes que cualquier otra la capacidad de identificar cuándo ese entorno los agota.

Lo que ofrecen el tejido, la cerámica o la jardinería es difícil de reemplazar con cualquier aplicación: tangibilidad, proceso y resultado físico. En un contexto donde la mayoría de las interacciones son efímeras —un story que desaparece, un feed que se actualiza, una conversación que se borra— la posibilidad de terminar algo con las manos y sostenerlo tiene un peso específico que la pantalla no puede simular. Investigaciones en psicología del bienestar sugieren que actividades rítmicas como cavar en un jardín o seguir el patrón de un tejido generan un estado similar al de la meditación: bajan la frecuencia cardíaca, reducen la presión arterial y activan zonas del cerebro asociadas a la calma y la creatividad.

 

Pero hay algo más que el bienestar individual en este fenómeno. Después de años de cultura del esfuerzo permanente —la productividad como identidad, el tiempo libre justificado solo si produce algo— esta generación está redefiniendo qué vale la pena hacer. Los hobbies sin monetización, aquellos que existen simplemente porque dan placer, se están convirtiendo en una forma de resistencia silenciosa frente a la lógica de que todo tiene que ser útil, escalable o compartible. Hacer algo bien y no publicarlo. Aprender a tejer sin abrir un canal de YouTube. Cuidar una planta sin convertirla en contenido. Hay en eso una declaración de intenciones que va más allá del hobby en sí.

La otra dimensión que vale la pena señalar es la del lujo redefinido. Tejer, bordar o trabajar la cerámica tienen algo en común que el carrusel de The Fashion Retail Academy sintetiza con precisión: no se pueden acelerar. El barro necesita su tiempo para secarse. El punto de aguja requiere la repetición que requiere. La planta crece a su propio ritmo. En un mundo donde la velocidad es el valor dominante —respuestas inmediatas, entregas en el día, contenido que se consume en segundos— la posibilidad de ir lento dejó de ser una limitación y se convirtió en privilegio. El slow living no es nostalgia. Es una respuesta racional a la saturación.

 

En MEIRA lo vemos como una señal que va más allá del comportamiento del consumidor individual. Las marcas que entienden este movimiento no son las que lo estetizaron —hay muchas que lo convirtieron en filtro de Instagram sin entender qué hay debajo— sino las que comprendieron que lo que la gente está buscando no es literalmente tejer, sino recuperar algo que el entorno digital no puede darle: presencia, proceso, resultado tangible, tiempo propio. Las marcas que hablen desde ahí, con honestidad y sin apropiarse de una tendencia que es antes que nada una reacción de cansancio, tienen algo genuino para decir.

¿Y porqué escribimos de esto? Bueno, porque es clave entender las tendencias que nos rodean y luego pensar estrategias de comunicación que “encajen” con lo que está pasando. ¿Y vos, qué pensás al respecto? ¿Se fijan en tu empresa en este tipo de tendencias sociales? ¿las tienen en cuenta? Los leemos en los comentarios.

 

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